“¡Hola! ¿Le gustaría probar chocolate orgánico?!?” A este speach se reduce mi jornada de trabajo actual.

Un año atrás todo era muy distinto.  Me decidí a salir de viaje y sabía que quería ir por el mundo haciendo voluntariado social, que quería aportar algo al mundo pero que mis escasos ahorros en moneda tercermundista no me iban a permitir  hacerlo por mucho tiempo, por lo que debía conjugar el trabajo social con algún otro que pague, al menos, mi estadía. Así fue que trabajé en un hostel, en food-trucks y actualmente en una tienda de chocolates orgánicos mientras aprovecho al máximo mi tiempo libre colaborando con cuanta ONG pueda.

Todos mis trabajos de este último año tuvieron algo en común: dependen del turismo y me generan cero estrés mental.

Esa dependencia del turismo me hace “interactuar” con cientos de personas a diario, y lo pongo entre comillas porque en muchos de los casos dicha interacción es unilateral, si es que el término me permite la ambigüedad. Y es que en gran parte de los casos la gente ignora nuestro gentil/comercial ofrecimiento de muestras gratis, sin siquiera contestar un simple “no, gracias”, en otros casos miran para otro lado o apuran el paso porque el guía que los arria cual ovejas así lo indica, y en el más gracioso de los casos antes de que hagamos la pregunta van moviendo el dedo índice frenético en señal de “no” mientras se van acercando.

Viajar por cuenta propia

Al principio me molestaba sentirme ignorada por los turistas, pero despues ese sentimiento se transformó en un pensamiento más profundo. Pensé en la proporción de turistas que van por el mundo siendo “arriados” masivamente, mirando a la derecha-izquierda cuando un audio en un tour guiado así lo indica, en la cantidad que tienen terror por probar una comida nueva, en todos los que entran y salen de un país sin haber hablado en profundidad siquiera con un local.

Si bien considero que para ciertas actividades o cuando se manejan tiempos limitados un tour guiado es una muy buena opción, está en cada uno ser un “turista cordero” o no, podemos elegir no ser de los que siguen a la manada sin cuestionarse nada.

Estamos bombardeados por los medio de comunicación masiva con su mensaje pesimista pero es hermoso salir de nuestra zona de confort y descubrir que la cantidad de gente agradable y positiva (no me gusta el término “buena gente”, lo bueno y lo malo es subjetivo a la escala de valores de cada uno), dispuesta a ayudar, a dedicarnos su tiempo y compartir sus vivencias que hay en el mundo supera ampliamente a los demás.

Viajar por cuenta propia
Mural expuesto en la Casa de la Literatura Peruana, Lima, Perú.

No tratemos a los destinos turísticos y a sus habitantes como parte de una pintura, no pretendamos que monten una escena porque nosotros tuvimos el tiempo y el dinero para ir.

Respetar a la cultura del lugar que estamos visitando me parece fundamental y para ello es necesario tratar de entenderla. Como escribí en el post Déjenme ser Gorda : “El entender nos da tolerancia, la tolerancia nos ayuda a amar, el amor trae paz individual y quien tiene ese tipo de paz raramente va a buscar el mal para los demás”.

Por eso, me gusta viajar por cuenta propia y muy lento mientras exprimo el conocimiento popular local. Es lo que me va enriqueciendo día a día mucho más que la foto cliché del destino de turno.

4 Replies to “Viajar como corderos

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