Dos sudafricanos y una argentina con amigos en común se encuentran por primera vez en Los Ángeles, más precisamente en LAX, debiendo adivinarse entre la multitud sin conocerse, tratando de descifrarse según las fotos que vieron en Facebook. Un par de presentaciones y se suben todos al auto que los llevará hacia el desierto para vivir uno de los festivales de música más grande de los Estados Unidos.

De esa forma los conocí a Dirk y Robin y debo decir que en el momento no imaginé que nuestra relación iba a ser tan mágica. El hecho de llegar a un predio con 200.000 asistentes y de compartir la jornada laboral con casi 70 personas que ya se conocían de antes hizo que nuestra relación se afianzara rápidamente, ya que estábamos pasando por la misma hecatombe emocional.

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Robin y Dirk, abstraídos con algún regalo de la naturaleza

El primer fin de semana fue intenso pero cuando el segundo llegó, el efecto de los 40°C del desierto, la falta de comodidades y el exceso de estupefacientes a nuestro al rededor se iba haciendo sentir; sin embargo entre los tres nos hacíamos mutuamente la experiencia más llevaderas. El nivel de conexión que logramos en nuestra relación, el compartirlo todo y cuidarnos intensamente nos dio la idea de auto-denominarnos “Third World Family” siendo, claro está, yo la mamá y ellos mis hijos y de esa forma aún nos seguimos llamando entre nosotros.

Yo de verdad los siento mis niños, mis niños luz, porque son de ese tipo de personas que iluminan todo un lugar con su paz y buenas energías; de esa gente que viene a tu vida a sumar, a hacerte más grande emocional e intelectualmente. De esas con las que absolutamente toda charla te deja pensando, de esas de las que uno quiere aprender continuamente para ser mejor.

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Robin, el menor, al que siempre le estamos recordando dónde están sus cosas
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Dirk, el mayor, mi hijo “seleccionado genéticamente”

-“¿Qué es Dios para vos? Algo más grande que todos, una fuerza que nos conduce y nos guía” dijo, “Yo le llamo universo” contesté…”¿Ves? Los dos creemos en lo mismo pero cada uno le pone el nombre que quiere”- Una de las conversaciones que cambió mi manera de ver las cosas más radicalmente.

Luego de tres semanas en el desierto alquilamos un auto y cruzamos la frontera mexicana para pasar unos días en las hermosas playas de Rosarito. Una semana con la boca acalambrada de tanto reír, la panza llena de exquiciteses locales y el corazón más que contento. Al volver a USA debimos separar nuestros caminos, pero esta vez con la certeza de que lo nuestro no terminaba ahí, de que como todas las familias vamos a encontrar la forma de mantenernos unidos.

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Dirk, el mayor, mi hijo seleccionado genéticamente

Dicen que la familia no se elige, sin embargo estoy convencida de lo contrario y cualquier persona que por algún motivo haya abandonado su zona de confort  entenderá lo que digo. Cuando el universo (¿o Dios?) nos regala personas que no hacen más que velar por la felicidad mutua y elevarnos espiritualmente más allá de lo banal, ¿Cómo no llamarlas familia? Larga vida a los que son luz.

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