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Mi primera vez

12 mayo, 2018
Mi primera vez

Cierro los ojos para evocarlo y aún puedo sentirlo todo.  El calor bochornoso, la humedad en los pliegues más recónditos de mi cuerpo, el gusto levemente salado en los labios, el ruido de mi corazón palpitando al ritmo de la excitación y el miedo a lo desconocido. Me acuerdo muy bien de mi primera vez…debe ser porque ya era muy grande: tenía casi 19 años cuando conocí el mar.

Fue en Miami y aunque no es -ni por asomo- uno de mis lugares favoritos hoy, le guardo un gran cariño porque la sensación de la primera vez nunca se olvida. También porque ese viaje fue mi debut en muchos frentes: la primera vez que subía a un avión, que salía de Argentina y que debía hablar en el inglés que tantos años había estudiado; mi primer encuentro con una cultura distinta y la distancia real de todo lo conocido.

En ese mismo viaje por primera vez lloré intensamente de emoción. ¡Claro que de felicidad también se puede llorar! Fue al salir del MOMA en New York: me senté en una placita de puro cemento en medio de dos inmensas torres frente al museo y no pude controlarlo. Lloré por lo que había dejado atrás y porque sentía que algo grande estaba por venir; lloré por lo que había sido y porque, por primera vez, sentía que no había límites para lo que en adelante podía lograr; lloré porque a veces la felicidad no entra en el cuerpo y esa es mi forma de hacerle espacio.

Coleccionista de primeras veces

Un día intenté ingenuamente divisar Corea desde la costa de Japón. Fue unas semanas atrás en Tōjinbō y mientras lo hacía pensaba en que nunca encuentro la forma de explicarme cuando me preguntan qué es lo que me gusta de éste país en el que estoy viviendo. Comprendí entonces que, como en “El Buscador” de Bucay, no cuento los años vividos ni los países visitados. En su lugar llevo la cuenta de mis “primeras veces” porque explorar y probarlo -casi- todo es mi motor en esta vida.

Así, por ejemplo, de los cinco maratónicos días que pasé en Turquía tratando de sacarle todo el jugo a Estambul tengo recuerdos muy salpicados. La mirada intimidante de rasgos duros y cejas atractivas de los oficiales de migraciones, el despertar aterrorizada la primer madrugada por la estridencia de la voz que convoca a los fieles al rezo desde los minaretes de la mezquita del barrio. Los olores que no reconocía y que lo inundan todo con una intensidad que hace estallar al hipotálamo. Los mismo objetos que se replican una y mil veces en cada tienda y en cada bazar: platos, lámparas, tazas, souvenirs. Las comidas sabrosas y especiadas. Los locales políglotas, amables, predispuestos y hasta seductores sin síntomas del terrorismo que nos prometían los medios de comunicación.  

Unos meses más tarde mi vida de viajera a tiempo completo comenzó en Sudáfrica y ese sigue siendo mi país favorito pero seguramente no estoy siendo objetiva; es que allí por primera vez sentí que estaba haciendo lo correcto y ese momento en que un subidón de endorfinas te hace sentir una superheroína queda tatuado para siempre en la memoria. Escribir estas líneas me hizo preguntarme en qué momento del viaje perdí mi capa y me dejé vencer por los villanos.

Desde aquel momento vivo en un sinfín de primeras veces, de las que no me esperaba pero también de todas aquellas  que son de lo más obvias. Como en Sudáfrica, cuando fui de safari y estallé de gozo al conocer elefantes pero también de tristeza cuando visité los barrios más carenciados del país. También fue allí dónde me tiré en parapente mientras en mi cabeza sonaba Puente de Cerati: “Arriba el sol/Abajo el reflejo/Ve cómo estalla mi alma” y yo agradecía por todo lo que la vida me hizo pasar para llegar hasta ahí.

Luego Tanzania y nadar en mar abierto con delfines salvajes. Después Kenia y andar en tuk-tuk, conocer a un Masái, soportar comer día tras día ese gomoso ugali que tanto me disgusta y vivir sin agua potable, aprendiendo a bañarme con un balde a medio llenar de agua de pozo que Grace entibiaba para mí, un poco sobre la fogata a leña y otro poco con la fortaleza de su espíritu de joven keniata que quiere progresar en el mundo que le tocó.

Siguió Estados Unidos y (sobre)vivir a tres semanas en el desierto para experimentar en carne propia un Coachella Music Festival  y luego ir a pasar una temporada de nieves eternas a Colorado.  De ahí a Perú y vivir a palta, maracujá y té de manzanilla fresca, hacer trekking de montaña todos los días para luego llegar a la cima del Vinicunca y subir andando a Machu Picchu después, tener amigos que se comunican con extraterrestres y ser voluntaria en el hospital local para reencontrarme con la satisfacción que me produce la microbiología clínica. 

Vinicunca_Agus_Ardisana
El impensado día en que llegué a la cumbre del Vinicunca, a 5200 m.s.n.m.

Posteriormente fue Costa Rica y vivir a pasos del mar, juntar mangos a los costados de la ruta, volverme adicta al plátano frito, andar en kayak en el océano, subir al cráter de un volcán activo y recorrer los rincones más impensados del país en una moto roja prestada. A continuación El Salvador, dónde no hice más que empacharme de pupusas 24/7, recorrer los más puros cafetales, aprender que no había que subir hasta México para recorrer ruinas Mayas, desmitificar todo lo que había escuchado sobre ese país azotado por la violencia.

Por último Cuba y sentir por primera vez una angustia absoluta -y hasta culpa- porque el país no me estaba gustando; allí por primera vez todo era viajar en medios de transporte obsoletos bajo el sol abrasador de día y tomar ron barato en el malecón de algún pueblo mirando al mar al caer la noche, fingir ser estudiante para conseguir clemencia a la hora de pagar algo y sentir desazón en cada esquina por tanta injusticia social y estupidez política.

De primeras veces obvias (y de las no tan obvias también)

De los países que he recorrido creo que Japón debe considerarse, como dirían los españoles, “el puto amo”  de las primeras veces. Las hay obvias: ataviarse con coloridos y suaves kimonos, aprender a hacer un sushi simple con la perfecta combinación de vinagre, azúcar y sal, practicar la paciencia al aprender la técnica de origami, contemplar con ojos maravillados una ceremonia de té, extasiar los sentidos en la temporada de cerezos en flor -en dónde la vida misma se tiñe de rosa pálido-, dejarse vestir de Samurái y blandir una katana real frente a una veintena de japoneses.

Samurái_Agus_Ardisana
La Samurái en mi deleitándose con una katana en la mano

Puedo enumerar experiencias hasta el hartazgo pero -amén de todo lo que socialmente se espera que relate- para mí Japón siempre va a estar asociado a un puñado de “primeras veces” que nadie más va a ver cuando visite el país. La primera vez que debo llevar atada a mi alma en pena para que no se me pierda ahora que se le da por escaparse fuera de mi cuerpo elevándose por los aires como inflada con helio. La primera vez que camino sintiendo que la gente puede atravesar mi cuerpo de lo impotente que me deja tener el corazón desgranado. La primera vez que debo narcotizarme con tragos para poder dormir, aunque a veces eso signifique conducir de vuelta a casa mi bicicleta celeste y algo oxidada bajo la influencia del alcohol,  doblar en una esquina desconocida y terminar lagrimeando emocionada por el olor a primavera que sale de un depósito de flores en el que están preparando cientos de ramos a altas horas de la noche.

En este Japón sólo mío advierto por primera vez que las ganas de alzar la bandera blanca de la rendición crecen dentro mío con la fuerza de la hiedra al llegar la primavera, y la única razón por la que no lo hago es…porque estoy en Japón y no me queda otra opción.

Aquí no hay inseguridad ni peligros, pero pero primera vez mi mayor miedo es el insolente algoritmo de Facebook porque pronto, el muy buchón, se va a dar cuenta de que ya no doy like a tus fotos y me dejará de mostrar tus noticias primero. Le tengo terror al olvido y me generan oleadas de lucha a lo Kill Bill leer esas frases de superación que están tan de moda, todo esa paparruchada sobre “soltar y dejar ir”.  Estoy cansada de perder y por primera vez deseo mi propio cuento de hadas, ese del cual nunca te pude contar porque vos decías que esas cosas eran “de minitas” y  ¡Ni Dios permita que yo sea una de ellas!.

Me recuerdo en Sudáfrica, estrenando ésto de vivir sin horarios y hasta a veces sin corpiño. Yendo por la vida con olor a mar y sabor a gloria, acalambradas las comisuras de tanto sonreír y tintineando mi libertad al compás de estas caderas opulentas que tan bien combinaban con las de África.

Entonces freno y me pregunto ¿Y si mi cuento de hadas es esto que ya estoy viviendo?…Llevar mi vida en una valija de 20 kilos, cambiar de paisaje y de idioma cuando lo siento necesario, trabajar sólo por temporadas y conocer gente nueva de a decenas. Esto es la libertad que tanto deseé. ¿Cuándo fue la primera vez que dejé que me hagan sentir culpable por hacer lo que quería de mi vida en lugar de sentarme a esperar los tiempos de otro? Supongo que siempre hay una primera vez para eso también…

Viajar es dejarse sorprender

Ciudad del Cabo y su gente tienen una energía capaz de generar emociones muy intensas pero ¡Vamos!, ¿Qué país no lo tiene? Casi cualquier rincón del mundo tiene ese poder, no obstante eso no es algo que se vea a través del visor de una cámara de fotos que vomita vanidad, sino a través de los ojos del alma.

Sudafrica_Agus_Ardisana

La buena predisposición y un corazón franco son las mayores herramientas que un viajero tiene y que hacen que cada centavo gastado adquiera valor eterno. Viajando aprendí lo que significa la felicidad pura y profunda, la que va de la mano de la libertad más absoluta; esa que te eriza los cabellos de la nuca al contemplar algo tan mundano como las curvas del camino que te llevan de casa al trabajo.

Como esa persona que nos dio el primer beso y que no vamos a olvidar nunca, los viajes dejan tatuados un sinnúmero de primeras veces en nosotros. Si no tenemos la capacidad de deleitarnos con la simpleza de cada “primera vez” podremos dar la vuelta al mundo en vano, que difícilmente la Tierra nos tocará el hombro para señalar la dirección en que hallar la satisfacción .

 

 

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido”

Henry David Thoreau