Dicen los mapas que a La Habana y Santiago de Cuba las separan poco menos de 1000 kilómetros pero nada cuentan esos mapas de lo que se siente recorrerlos. No mencionan tampoco los cartógrafos la diferencia que se siente entre hacer ese recorrido “de un tirón” o parando en cada pueblo. Nada te dicen los transportistas, ellos que miden todo de acuerdo a las horas restantes para llegar, sobre los vuelcos que va a darte el corazón dentro del pecho en cada destino.

Al fin y al cabo no calificamos a un destino meramente por su paisaje, sino por cómo el lugar nos hizo sentir.

A mi Cuba me demoraba. No sólo porque es un país en que hay que hacer largas filas y soportar esperar para todo lo que un humano necesite, sino porque me urgía volver a Argentina. Mi abuelo estaba en tratativas con San Pedro desde el invierno del hemisferio sur, el Barba estaba a punto de sellarle el pasaporte al descanso eterno y eso hacía que en mi cabeza no hubiera mucho lugar para tenerle paciencia a los sentimientos ajenos al otro lado del trópico. Yo sólo quería que el tiempo pasara rápido y volver a abrazar al viejito antes de que se me vaya.

Pero Cuba me lo hizo muy difícil. Si la isla pudiera hablar me imagino que la muy zorra me hubiera dicho “Claro chica, pa’ estal tlanquila vete pa’ Suiza, aquí somo’ pula candela”, así todas “l” y ninguna “r”, modulando poco y con tono bien burlón.

A pesar de mis frecuentes fluctuaciones anímicas y el bajo presupuesto pero combinando mucha fuerza de voluntad más los consejos de la Lonely Planet y la entereza de mi compañero de viajes fue que logramos conocer gran parte de Cuba. No sólo los paisajes dignos de folleto turístico sino también las emociones que la surcan y conocernos nosotros a través de esas emociones también.

He aquí una idea de recorridos posibles y una aproximación a lo que esperar ver y sentir en cada rincón.

 

El ambicioso recorrido de casi un mes en Cuba

La Habana

Salirse del circuito turístico y caminar por la avenida Prado hasta llegar al parque central entre adolescentes en patines y ancianos jugando damas con tapas de gaseosas por fichas. Sentarse en una estatua frente al Hotel Telégrafo a esperar que pase un carro de algún color en composé con los edificios para lograr la mejor foto. Entrar al Capitolio y admirar desde su esquina los detalles arquitectónicos del Teatro Nacional. Doblar a la derecha por error y encontrarse con un cerdo que gime reclamando piedad mientras es desangrado ahí, en medio de la calle, por un grupo de vecinos jocosos.

Subir por Galiano y doblar en Neptuno. Dejar que la calle solita invada todos los sentidos, perder la noción de la distancia recorrida hasta toparse de frente a la imponente Universidad de La Habana, con la estatua del Alma Mater con sus brazos abiertos que invita a subir la infinidad de escalones y acercarse a una sucesión de columnas -que en mi ignorancia arquitectónica parecen griegas- que desembocan en un enorme patio con calidez de hogar.

Destinar dos horas a vivir la experiencia Copellia, que más que una heladería es una tesis doctoral en antropología. Seguir por Calle 23, tal vez la más nombrada de Vedado, y llegar al famoso Hotel Nacional desde el cual las vistas al mar son tan impagables como los mojitos que ofrecen. Subir al mirador de la Plaza de La Revolución por una vista 360° de la ciudad y sentir pena por la cantidad de carriles que confluyen en esa plaza desperdiciados, sin autos que los acaricien.

Alimentar el morbo en una caminata por la Necrópolis Cristóbal Colón. Cazar un atardecer hirviente por algún punto del malecón pensando en los cientos que han puesto sus vidas en peligro para cruzar esas aguas en busca de alguna esperanza capitalista. Pagar una suma desproporcionada por ver el tradicional Cañonazo en La Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, y aprovechar a visitar los tres museos que el fuerte alberga.

Dije museos? Ay, lo museos… Decidir cuál visitar y cuál no dentro de la gran lista debería considerarse un arte en sí. El Museo Napoleónico, el de La Revolución, la Fototeca, el de Bellas Artes, el del Ron, el de la Comandancia del Che, el Numismático, el de Pintura Mural…pareciera que sólo de museos está hecha esta ciudad.

Perderse y recorrerlo todo por Habana Vieja (excepto, diría yo, las abarrotadas calles Obispo y Mercaderes que esas en donde siempre hay turistas sí son prescindibles). Hacer el famoso circuito de caminata por sus cuatro plazas coloniales. Descansar en mi favorita, la Plaza de Armas, bajo una arboleda que desprende olor a barrio y una banda sonora casi constante de músicos “a la gorra” y señoras intercambiando anécdotas de nietos.

Si algo le da vida a las calles de Cuba son el deporte y los juegos de mesa callejeros que se encuentran en cada esquina

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Habana se siente infinita en oportunidades pero diminuta en su trazado; dos millones de habitantes encastrados como legos en viviendas superpobladas hacen que nada está tan lejos como para no llegar caminando y que sea sencillo sentirla familiar.

Habana te trata como un amigo, pero uno de esos que apenas entra en confianza te pide ropa prestada y te roba las papas fritas del plato. Las cuadras son cortas y los edificios bajos; las penas que esas paredes albergan son interminables. El aire es por momentos irrespirable por su mezcla homogénea de mala combustión y desidia.

Aunque existen pocas opciones del tipo hostel en Cuba, Hamel Hostel  en Centro Habana es imperdible para viajeros en solitario o con poco presupuesto. Su dueña Magnolia es atenta y charlatana y ofrece un servicio excelente además de un desayuno apetitoso y ridículamente barato.

Santiago de Cuba

Cruzar la isla de Occidente a Oriente en 14 incómodas horas para llegar a tierras guajiras. Sentirse envuelto en el tiempo que nunca pasó por aquellos techos rojos del Tivolí que se abren paso hasta el Museo de la Lucha Clandestina dispuesto a inmortalizar la sangrienta historia. Bajar varios escalones para llegar a disfrutar de las vistas de la Bahía de Santiago desde el Balcón de Velázquez.

Descansar en el yermo Parque Céspedes con el mentón en alto para emborracharse de la perfecta sintonía que componen la Catedral con el cielo; pensar en escribir todo un capítulo sobre la belleza de los cielos de Cuba, sólo superado por sus aguas. Observar en las otras aristas de la plaza el Ayuntamiento, la casa más antigua del país  y el famoso Hotel Granda.

Elegir por qué calle seguir usando sólo la música como guía, seguir su rastro cual rata hipnotizada por el flautista de Hamelín. Parar en una plaza diminuta a escuchar unos minutos. Seguir por una callejuela angosta hasta el Museo Bacardí, aunque sólo sea para verlo de afuera.

Seguir pateando las calles bajo el calor abrasador, hacer paradas técnicas de rehidratación en aquellos puestitos que anuncien “Jugo Natural”. Cerciorarse con el dependiente si el jugo es de concentrado o de frutas licuadas es siempre un buen detalle.

Llegar al Cuartel Moncada, que da la bienvenida a uno de los museos más intensos de Cuba con sus muros amarillo vibrante surcados de orificios de balas -que no serán los originales pero conmueven de la misma forma-. Si es julio y ya atardeció, seguir de nuevo el rastro de olor a orines de cerveza y música que se escucha desde la Avenida Menéndez, que seguro es el carnaval incitando al festejo.

Santiago de Cuba
Carnaval en Santiago de Cuba, un imperdible de julio cada año

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Si La Habana es el amigo confianzudo, Santiago me recordó al pariente indeseado. Está ahí, es parte de un todo y jugó un rol clave en la historia. Le dio a Cuba algunos de sus hombres más grandes, acunó a casi todos sus ritmos musicales y fue testigo del principio de la Revolución pero se olvidó de tener modales.

Santiago podría infartar a cualquier activista contra el acoso callejero, que si en Cuba es cultural comentar a viva voz las beldades de las mujeres en Santiago no se salva ni una monja. A mi esta práctica machista me resulta difícil de tolerar, más aún cuando me acaban de robar y el mercurio de los termómetros no tiene dónde escaparse tras superar la marca de los 45°C al mediodía.

Baracoa

Sentirse renacer con su comida, la única no insípida de Cuba. Subir una pequeña cuesta para llegar al Museo Arqueológico emplazado dentro de cuevas naturales en las colinas. Conversar animadamente con el personal que anima a treparse a unas escaleras estrechas para conseguir vistas panorámicas del pueblo entero y el océano que lo baña.

Visitar el Castillo y el Fuerte. Ver a los locales bañarse en el mar y hacer malabares sobre neumáticos viejos en Playa Negra. Sentarse en la plaza Independencia a ver la vida pasar. Charlar con el dueño de una moto-taxi de los 70 mientras él llena de agua con jabón el conducto en el que, en un país capitalista, iría el líquido para frenos.

Quedarse un día extra aunque no haya nada para hacer, sólo porque la vibra se disfruta mucho y porque te tocó un muy buen anfitrión. Preguntarte qué pensará ese anfitrión tuyo, que no hace más que mirar los 6 míseros canales de televisión que existen en el país, comer y sentarse “al fresco” en el balcón.

Caminar todo el pueblo apreciando las coloridas paredes de las casas con olor a mar. Charlar con una señora que seca plátanos en rodajas finas al sol para darle al cerdito que cría su nieto. Probar cucurucho, tetí y bacán. Desternillarse de risa en La Casa de la Trova con su animador al que le sobra la onda que a los septuagenarios músicos invitados les falta.

Naipes, ajedrez y damas en la calle son postales clásicas de la diversión cubana

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Baracoa llegó a mi como una brisa de aire fresco después de la agitada y calurosa Santiago de Cuba. Y, aunque un turista típico diría que no hay nada para hacer allí, fue uno de mis lugares preferidos de Cuba por la calidez de su gente y la paz que ese pueblo emanaba.

Cuando en Baracoa, la Casa Particular de Ragner de Dios Rodríguez es ideal para el bolsillo del mochilero y la cartera de la dama (Ruber López #95 Altos, +5321641720 o +5354812677).

Guardalavaca

Relajar en playas públicas de un azul enceguecedor que podrían haber sido paradisíacas de no ser por la cantidad de desperdicios que dejan los turistas (cubanos en su mayoría) a su paso. Odiar los parlantes enormes que incitan movimientos salvajes de cuerpos esbeltos, morenos y ostentosos de oro al son del reggaetón de turno.

Lamentar que los locales sean poco amables. Agradecer por La Fonda de Pepe con comida salvadora y amigable al bolsillo mochilero. Comprar ron de mejor calidad pero en botella chica, para no salirse del presupuesto. Beberlo en el único envase de plástico donde se logró hacer hielo pero viendo un atardecer sobre el mar en un acantilado con un cartel que clama “prohibida la entrada”.

Una partecita de paraíso sólo para mí en Guardalavaca

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Guardalavaca low-cost no despierta mayores emociones ni requiere más tiempo que dos días y una noche. Tal vez es uno de esos lugares que no tiene mucho sentido fuera de los resorts y sin dinero.

Sancti Spíritus

Llegar al alojamiento previsto ya entrada la noche y que nadie atienda la puerta. Cruzarse a una simpática abuelita en la calle que ofrece su casa particular a buen precio. Que esa casa resulte ser una recomendada de las guías de viaje por su calidad y atención.

Ir al mercado central a por el desayuno y volver con mangos del tamaño y la suavidad de un bebé recién nacido. Mover el rabo de alegría por la oferta de panaderías y cafeterías abiertas las 24 hs y a precios locales. Apreciar el orden y la limpieza de la ciudad, difícil de encontrar en la isla. Lamentar que pocos turistas elijan conocer esta joya colonial que ya cumplió sus 500 años.

Demorar casi dos horas en caminar las 6 cuadras que separan al Parque Serafín Sánchez del puente Yayabo por parar a conversar con los locales. Admirar las labores manuales de un señor que se dedica a reparar calzado y mochilas. Charlar con el afilador e intercambiar monedas. Entrar a lo que solía ser el living de una casa, ahora abarrotado de libros antiguos a la venta.

Llegar al Yayabo, sacar las fotos de rigor. Elogiar a un señor que vende sus miniaturas frente al Teatro Principal. Tener dolor de garganta y conseguir jarabe de orégano en la farmacia local por menos de un peso argentino. Reír comiendo pan con aguacate mientras atardece sobre los techos de tejas descoloridas, ron mediante. Ir al cine a ver el último estreno nacional, El Techo, por ARS 2.

Sancti Spiritus
Michel “el rey de la puntada” según el cartel que daba la bienvenida a su taller de reparación y costura.

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Sancti Spíritus duele menos, es una ciudad amigable que se deja disfrutar. No tiene nada que envidiarle a Trinidad y sin embargo muy pocos turistas llegan a ella.

La Casa Particular de Estrella González (Máximo Gómez Norte n° 26, 41327927) es impecable y en el pueblo todos la conocen y recomiendan.

Trinidad

Querer escapar de la horda de turistas arreados por sus guías para poder admirar con tranquilidad al pueblo colonial en el que el reloj se detuvo en 1850. Llegar a la Plaza Mayor y entender porqué la UNESCO lo consideró Patrimonio de la Humanidad. Parar a escuchar música en vivo que sale de un pequeño bar, y luego parar en otro un poquito más adelante, y en otro más. Entrar al Museo Histórico aunque sólo sea por las vistas del pueblo desde su cúpula.

Demorar bastante en encontrar comida a precios locales. Tener que desprenderse de los jineteros que se cuelgan cual garrapatas del turista al grito de taxi-casa particular-restaurante-mojitos-gorras del che. Meterse por callejuelas cualquiera a disfrutar la forma en que el sol del atardecer baña las fachadas coloridas con luz fotogenica. Estremecerse con un hombre de extrema flacura. Preguntarse si así era la Cuba que Fidel soñó o si simplemente se le escapó la tortuga.

Negarse a pagar 10 CUC por persona en el bus turístico a Playa Ancón. Esperar por dos horas la guagua pública junto a un grupo de locales desbordados de emoción por ir al mar. Pagar sólo 2MN por el trayecto. Acariciar la arena blanca y suave de Ancón. Pellizcarla con los pies y soltarla lentamente. Leer al sol. Juguetear en el mar calmo, tibio y claro cual devueltos al útero materno.

Trinidad Cuba
La Trinidad de detrás de los foletos turísticos

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Trinidad…ciudad materialista si las hay…probablemente la ciudad en que más veces dije “no, gracias”, la que menos cariño y empatía me generó. En Trinidad la dueña de la Casa Particular que nos alojó se negaba a explicarnos dónde tomar el transporte público o a darnos la ubicación concreta de una panadería. En Trinidad nos vendieron por gaseosa cola un envase relleno con agua y jarabe de color. En Trinidad terminamos dejando propina en un puestito de jugos naturales porque fue el único lugar en dónde no nos cobraron de más, como si la honestidad tuviera que ser premiada para que no desaparezca.

Cienfuegos

Vivir de nuevo la experiencia Copellia, porque a un helado masivo por unas pocas monedas no hay revolución que se le resista. Entrar a cualquier negocio con aire acondicionado para escapar del calor agobiante de avenida El Bulevar al mediodía. Pararse en el centro del Parque Martí y suspirar bien hondo. Girar 360° sobre los propios talones tratando de absorber visualmente hasta el último detalle arquitectónico de cada una de las cúpulas y esculturas que decoran los centenarios edificios. El Teatro Tomás Terry, el Arco del Triunfo, la Casa de la Cultura, la Casa del Fundador, el Palacio de Gobierno, el Colegio San Lorenzo.

Ver atardecer un poco en el muelle y un poco en el malecón. Derretirse de ternura con dos niños de unos diez años enseñándose el uno al otro a pescar, uno de los entretenimientos más comunes en un país donde la inocencia del juego aún no ha sido corrompida por la era digital. Seguir andando las decenas de cuadras del malecón hasta llegar a Punta Gorda, entre carruajes que ofrecen paseos a caballo y filas de palmeras meciéndose al viento frente a las casas de estilo francés.

Cienfuegos
Da pena ver a los caballos agotados de años de cargar cienfuegueros en sus lomos

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En Cienfuegos encontré el mejor restaurante (que mi bolsillo pudo pagar) de Cuba y también lo perdí, porque me olvidé de anotar su nombre y no logro recordarlo; sólo recuerdo que caminando por Prado en dirección a La Punta estaba en la mano izquierda, entre las calles 14 y 16, chiquito y acogedor ambientado con mucha madera y que por 5 CUC ofrecía un menú de 5 pasos vegetariano que alcanzó para compartir entre dos.

En Cienfuegos nos tocaron los anfitriones más sobresalientes de Cuba: Israel y Tania, “Los Carpinteros”  en Airbnb (Ave 50 e/51 y 53, +5354283871, taniamp19@nauta.cu) ; una pareja de artistas que por una tarifa más que accesible brindan una atención que es aún más cálida que la habitación cuando le pega el sol de la tarde. Café cubano y guayabas amarillas recién arrancadas del árbol de su patio por medio, escuchar toda su historia de vida y cómo se las rebuscaron a lo largo de los años para hacerle frente a los altibajos del sistema es un placer.

Santa Clara

Llegar un domingo al mediodía, tirar las mochilas y correr al Mausoleo del Che antes de que cierre. Sentir que se eriza la piel y una emoción indescriptible embarga los sentidos al estar frente a los restos del emblemático guerrillero argentino y sus compañeros caídos en Bolivia, en un recinto claustrofóbico construido en piedra y madera, con una caída de agua que genera un murmullo constante y la llama eterna encendida por Fidel en 1997, aún viva en ese diminuto espacio. Notar que la gente habla en voz baja frente a él da la sensación de que aún lo están velando, como si recién se hubiera muerto.

Recorrer el resto del solemne Conjunto Escultórico Comandante Ernesto Che Guevara, que no parece estar emplazado en la austera Cuba socialista. Desandar los 2 kms que lo separan del centro parando por fotografías en los numerosos murales que decoran la ciudad.

Llegar temprano al Club Mejunje, que el doming es noche de drag queens y está que explota de gente. Reír hasta las lágrimas con el show que, un poco ficcionado y un poco en serio, hace un recorrido por lo que significó ser homosexual en tiempos de revolucionarios pacatos.

Entrar de casualidad al Café-Museo Revolución y sorprenderse con esta joya privada, que expone más de 300 objetos de gran valor histórico sin costo. Seguir por calle Independencia hasta el Monumento a la Toma del Tren Blindado, dónde en diciembre del 58 el Che le abrió la puerta a los casi 60 años de poder de la dinastía castro. Dejar volar las horas al compás de los relatos fervientes de las museólogas que guían el sitio.

Conocer a Alejandro y Adrián, santaclareños de cepa dispuesto a mostrar y contar todo sobre su lugar y a los que un miserable salario no ha logrado extinguir las ansias de erudición. Comprar con ellos cigarros sueltos en callejones raros y tomar ron barato en el falso malecón que los jóvenes locales se idearon a falta de mar en la ciudad.

Santa Clara Cuba
Béisbol con lo que se pueda y en dónde se pueda

 

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¿Cómo explicar cuánto me gustó Santa Clara? Siguiendo con la analogía familiar, esta ciudad es el primo campechano que te recibe entusiasmado y ofrece todo lo que tiene.

Santa Clara es desprejuiciada y libre, por momentos hasta más abierta que La Habana misma. Con una movida cultural admirable, es bastante difícil elegir qué hacer sin sentir que te estás perdiendo de mucho más.En Santa Clara se dieron algunas de las charlas más profundas y significativas de mi mes en Cuba.

Antes de ir es casi imprescindible contactar a Alejandro por Couchsurfing para compartir con él lo mejor de la ciudad y disfrutar de su calidez y sabiduría. Cabe aclarar que en la isla no está permitido alojar a extranjeros sin el permiso correspondiente, por lo que Couchsurfing sólo sirve para conocer gente pero no para dormir en sus casas.

Una Casa Particular sumamente recomendable en Santa clara es el Hostal “Javier y Katia” (Colón 225, +5342217297); se puede reservar previamente por Airbnb, aunque nosotros simplemente nos llegamos y negociamos un mejor precio allí.

Varadero

Cometer el error garrafal de buscar Casa Particular en una ciudad puramente turística. Pagar un 60% de lo que el presupuesto diario permitía por no saber que es muy fácil alojarse en Matanzas e ir y venir en el día. Comer de parados en una fonda repleta de cubanos fanfarrones, como salidos de un video de reggaeton. Apretujar con los pies una arena blanca como una geisha por un par de metros y tener la primer vista del mar.

Pensar: “Ay…ese mar….”

Admirarlo por varios minutos sin saber muy bien si correr hacia él o no. Admirarlo un poco más. Correr hacia él como niño hacia Papá Noel.

Volver a pensar “Ay…ese mar…”

Sumergirse y que se sienta tan placentero como mirarlo. Dejarse acunar por su oleaje suave y tibio. Extender en todas direcciones brazos y piernas y  dejarse flotar cual estrella de mar. Saltar, chapotear, nadar con los ojos abiertos. Disfrutar del mar más idílico que mis ojos hayan visto.

Varadero Cuba
Cliché, pero no lo pude evitar

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Varadero es un lugar de relax por excelencia pero, a diferencia de Guardalavaca, tiene bastante más movimiento aún para aquellos que no se hospeden en resorts. Hay una variedad bastante amplia de restaurantes y varias ferias de artesanos para los turistas que buscan el obligatorio souvenir que diga “Varadero” bien grande para ser la envidia del barrio cuando vuelva a casa. Más allá de eso, el pueblo no tiene una esencia que a simple vista sea distintiva.

Matanzas

Pararse en el primer puente y tratar de contar cuántos más se suceden antes de convertirse en horizonte. Observar desde el puente Calixto García a un grupo de niños bailando al son de una docente con poca paciencia mientras una decena de adolescentes trepan y se arrojan al Río San Juan desde el puente siguiente.

No poder explicar el origen del charme de la ciudad, que un día fue la Atenas de Cuba y hoy es un puñado de ruinas. Alojarse en la Casa Particular más bizarra, con Manolo como anfitrión y relator de historias de dudosa veracidad. Caminar y caminar sin buscar nada en particular.

Ir al Castillo de San Severino y tener que pagar una tarifa sólo por haber usado la cámara de fotos en el patio sin que nadie nos haya adelantado que eso estaba prohibido. Volver caminando por los márgenes de la Bahía de La Matanza y deleitarse con las vistas. Ir a la estación del Tren Hershey para encontrar que está fuera de funcionamiento por tiempo indefinido.

Los encendedores (llamados fosforeras en Cuba) son rellenados cuando se agotan y reparados cuando se rompen, casi como todo aquí

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Matanzas es el abuelito de la familia, el que es decrépito pero transmite paz y armonía. Cuesta encontrar una explicación clara a la simpatía que genera. ¿Habrán sido tal vez las limonadas frozen capaces de calmar el fuego del verano por 5 MN? ¿O habrá sido la comida italiana perfecta y a precios bastante cubanos de Le Fettucine (Calle 83 n°29018, al lado del Hostal Azul)? Que a mí el sosiego generalmente me pasa por el estómago.

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Hay varios otros puntos de Cuba que figuran dentro de los circuitos más clásicos, como Viñales y Los Cayos, pero que por cuestiones de presupuesto y de intereses no he visitado. Todo lo que elegí hacer está aquí relatado desde mis sentimientos, que seguramente sean muy distintos a los tuyos y por eso quiero que me lo cuentes aquí abajo después de leerme.

One Reply to “Mapa sentimental de Cuba

  1. Increiblemente interesante el relato de tus aventuras, me hicieron sentir que estaba por allá, como sabes me encantaria ver más fotos (yo siempre quiero ver muchas fotos) pero las que mostraste estan buenísimas. Saludos desde Costa Rica.

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