Fue un vuelo corto pero muy turbulento el que nos dio la bienvenida a nuestro viaje por El Salvador. Desde el momento en que ponemos un pie en el país ya se intuye cómo va a ser la experiencia: una explosión de “latinamericidad”  nos golpea y todo se vuelve ruido y caos.

Salimos del aeropuerto, calor y gentío. Dos guardias de seguridad me miran lujuriosamente sin disimulo mientras me señalan la parada de bus que estamos buscando. El bus sale sólo centavos de dolar y está abarrotado de gente. Se sube un hombre vendiendo pepino con limón y mango en rodajas. Se sube otro hombre ofreciendo a gritos llevarnos a la palma de nuestra mano “el famoso chocolate Snikkers fíjese que no está vencido y tiene código de barras para que vea que no ha sido robado[sic.]”(?¿). Dicen el precio de lo que venden en “coras”*. Una hora de viaje para llegar del aeropuerto al centro de San Salvador. Nos bajamos del colectivo, tenemos que caminar unas 4 cuadras para poder tomar el siguiente bus que necesitamos. La mayoría de los negocios tiene guardia de seguridad en la puerta. Todos los guardias de seguridad tienen armas de fuego muy grandes. A cada paso hay una venta callejera de comida. Toda la comida de la calle es tentadora. La gente es muy amable. Digo “gracias”, me responden “a la orden”.  Miradas lujuriosas otra vez. Nadie disimula, no les importa que vaya acompañada de un hombre. Otro bus con música ridícula a muy alto volumen. Todo el ciclo anterior se repite. Se siente como si todos los habitantes del país estuvieran vendiendo algo en la calle. Pedimos agua y nos la venden en bolsitas de medio litro. Un hombre sentado adelante nuestro en el colectivo tira una lata por la ventana. Una mujer ofrece “Fresco, fresco de ensalada” con voz sin ánimo. La comida está en todos lados y la probamos toda. Otra predicadora cuenta a gritos porqué se convirtió de pecadora a servidora del Señor. Hablo rápido, no me entienden, me preguntan “¿Hola?” en lugar de decir ¿Cómo?…

 

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Los vehículos más insólitos pueden funcionar como medio de transporte público en El Salvador

 

Decidimos recorrer El Salvador por cuenta propia durante tres semanas sólo porque encontramos un vuelo barato, pero no teníamos demasiadas expectativas sobre lo que íbamos a ver – éste es el punto en el cual una vez más corroboro que no soy yo quien elige a los destinos sino que ellos me eligen a mi –  Lo que nos encontramos fue un país con mucha tradición, gente sumamente cálida y una admirable cultura del trabajo. En su pequeño territorio, El Salvador tiene una costa con olas reconocidas por grandes surfers, volcanes llenos de adrenalina, una cadena montañosa, valles centrales que proveen de nutritivos alimentos y soñados cafetales.

Tengo la sensación de que El Salvador tiene dos personalidades: ahorca en las ciudades grandes y acaricia en los pueblos y zonas rurales. No hay que ser demasiado astuto para darse cuenta de que ésto tiene relación con la presencia de maras o pandillas en las ciudades y la tensión que ello genera, mientras que en los pueblos y zonas rurales, uno puede olvidarse casi por completo del contexto sociopolítico del país en el que está. A la hora de armar el itinerario, sólo nos regimos por dos principios: conocer lo más posible del lugar y rodearnos de locales. Teníamos que cumplir con dos compromisos en distintos tiempos en Ahuachapán, pero lo demás estaba en el aire. Ésto es lo que, 21 días después de llegar, habíamos recorrido por nuestra cuenta…

 

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Así fue nuestro periplo por El Salvador

 

Empezamos por San Salvador, en dónde cuatro días fueron más que suficientes para recorrer esta sofocante capital con su mezcla de ventas callejeras de todas las cosas imaginables y shoping malls que no hacen más que ofrecer marcas Estadounidenses de consumo rápido, tanto de ropa como de comida. En medio de todo ello, hay varios imperdibles que valen realmente soportar el congestionado tráfico de la ciudad:

Además de ello, la capital es un buen punto para hacer base y a partir de allí recorrer otros lugares cercanos, como las ruinas de San Andrés, el sitio precolombino Joya de Cerén o Santa Tecla, una ciudad que pertenece al área metropolitana de San Salvador, y que conserva un gran patrimonio arquitectónico y una vibra de pueblo, con sus calles peatonales con innumerables bares y restaurantes y su feria todos los fines de semana.

 

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Un simpático conductor maneja nuestro bus para volver desde Joya de Cerén a la capital salvadoreña

 

De allí nos fuimos a Ahuachapán, una ciudad mediana y poco mencionada en las guías de viaje, muy cercana a la frontera con Guatemala y famosa por sus ausoles: un fenómeno super interesante derivado del vulcanismo, el cual es una grieta en el suelo de la cual emana lodo azufrado hirviente y una fumarola característica. Estos ausoles alimentan a la zona de Ahuachapán de energía geotérmica y también mantienen vivo al turismo del lugar. Una vez más, usamos este lugar como base para recorrer por cuenta propia los alrededores pero volviendo siempre a la comodidad del mismo alojamiento por las noches. Desde aquí por centavos de dólar hay buses que llegan a todos los pueblos cercanos que uno quiera visitar; nosotros elegimos conocer Tacuba y sólo dos de los cinco pueblos que componen la famosa Ruta de las Flores.

Tanto Tacuba como Concepción de Ataco y Juayua son, como decía al principio, pueblos que “acarician”. Conservan esa calidez de pueblo muy chico, en donde la gente se saluda, los niños juegan en la calle y los mayores están sentados en las veredas viendo la vida pasar; aún tienen calles adoquinadas, iglesias coloniales y murales muy coloridos. Si bien son todos muy parecidos, en cada uno hay una mini “atracción estrella” particular:

– Tacuba es un pueblo cafetalero por excelencia y una de las puertas de entrada al Parque Nacional El Imposible. Aunque nosotros elegimos no visitar el parque, estábamos curiosos por ver el lugar en dónde se gestó el levantamiento campesino de 1932 que acabó dramáticamente en etnocidio (como muchas otras cosas lamentablemente en el país) y aprovechamos el viaje para visitar las ruinas de una iglesia que datan del siglo XVII.

 

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Café de calidad premium recién tostado en Ataco

 

– Ataco es el primer pueblo de la Ruta de las Flores (o el último, según por que extremo uno empiece), también típicamente cafetalero, que conserva la magia en cada esquina, en cada mural, en cada vista panorámica que genera la inclinación de las laderas en las que está ubicado. Allí realizamos una visita al Beneficio de Café El Carmen (hicimos el tour tradicional, $6, 1.15 hs en varios horarios todos los días del año) que fue sumamente interesante para entender el proceso de elaboración del café, el cual aquí se sigue haciendo cómo desde sus inicios, hace casi 100 años atrás (ajenos a que en todo éste tiempo algo llamado normas de calidad y seguridad ha sido creado) y posee un sabor que satisface a los más exigentes paladares.

Nuestra siguiente ciudad  base fue Santa Ana, en dónde conocimos a Alex con quien hicimos couchsurfing (para saber más sobre ésta modalidad para viajar más barato podés leer éste post que publiqué hace un tiempo). Éste salvadoreño de cepa nos mostró todo lo que estuvo a su alcance, y más. La primer parada obligada que nos hizo fue en un comedor muy típico en dónde por $2 comimos 4 platos distintos, todos derivados de la yuca que es el producto típico de la zona; luego salimos a recorrer su ciudad y, cómo si ésto no hubiera sido suficiente terminamos comiendo pupusas nuevamente por ahí.

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A éste punto, cada pupusa que pruebo creo que es mejor que la anterior y ya no puedo decidir en qué lugar he comido mi preferida.

En los días siguientes con Alex, su familia y varios amigos nos embarcamos en todo tipo de aventuras…desde escalar el volcán Lamatepec hasta explorar las ruinas de Tazumal, pasando por las visitas al abandonado sitio arqueológico Igualtepeque en el lago de Güija, a Metapán para vivir la intensidad de sus festejos de Semana Santa y al antiguo cráter volcánico que hoy forma el lago de Coatepeque.

 

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Una imponente vista del volcán de Izalco desde el Lamatepec

 

El siguiente bus, destartalado para no perder la costumbre, nos llevó a Santa Isabel Ishuatán, un caserío sobre la costa en Sonsonate en el cual durante dos días no hicimos más que sacar fotos y disfrutar de soles gigantes, comer como si fuera la última vez y jugar en la playa con los niños de la comunidad. Suficiente para sacarnos la duda de que el interior de El Salvador tiene magia en cada uno de sus rincones.

Ya muy cerca del final, decidimos pasar nuestros últimos 3 días explorando Suchitoto. No teníamos planes estrictos así que nos dejamos perder por la ciudad para sumergirnos en el día a día. Una vez más nos gastamos los dedos de gatillar la cámara fotográfica y las mandíbulas de probar comida típica mientras conocimos los imperdibles como el Lago Suchitlán, el renovado Centro Arte Para la Paz e innumerables galerías de arte que aparecen en cada rincón.

 

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Las calles de Suchitoto por las que el tiempo nunca pasó

 

¿Cómo no apasionarse por El Salvador? Si su gente es adorable y con su incansable labor diario dan lo mejor por éste diamante en bruto que es su país. Lamentablemente, como el resto de latinoamérica es otro país victima de violencia, corrupción, ignorancia y gobiernos que dejan al pueblo en desamparo. Sin embargo me atrevo a recomendar a todo viajero que se haga una visita por éstas tierras que en medio de la suciedad, el gentío y el caos siempre habrá alguien que les diga “ésta es su casa” y café y pupusas no van a faltar.

Tips y Consejos

Transporte: desde y hacia todos los puntos del país va a haber un bus o buseta que pueda llevarte por menos de un dolar adonde necesites llegar. Eso sí, algunas líneas son más inseguras que otras por eso siempre es útil preguntarle a los locales.

Alojamiento: los precios en éste país son considerablemente baratos, consiguiéndose modestas habitaciones dobles con baño privado desde $15, sin embargo siempre que pudimos hicimos couchsurfing, es un país lleno de gente amable muy dispuesta a mostrar su país al mundo. Para bolsillos un poco más sueltos, estas son mis dos recomendaciones, una en el mar y otra entre ausoles y montañas

Comidas: los salvadoreños poseen infinidad de comidas típicas y en todos lados se consiguen a precios que dan risa. Mi preferida son las pupusas, las cuales se pueden comer en la calle (4 por $1 pero dejan que desear) o en pupuserías, en dónde comida y bebida para dos personas con seguridad cuesta menos de $5 en total.

Peligros: el país es pobre por lo cual hay que tener las precauciones básicas que se tiene en cualquier nación en desarrollo en dónde el robo simple callejero abunda. Con respecto al grave problema de las maras, mi humilde opinión es que cómo turistas sería mucha mala suerte estar expuestos a ellas ya que se localizan en zonas en los que cualquier viajero con un mínimo de sentido común jamás entraría.

Imperdibles: la reducida extensión de su territorio permite subir al tope de un volcán, surfear en el océano pacífico, recorrer la Ruta de las Flores y recorrer pueblos coloniales en una semana. Mi recomendación es tratar de ver un poco de todo, sin demorarse demasiado en la capital.

*La palabra “cora” deviene de la castellanización de quarter, la moneda de 25 centavos de dolar americano.

One Reply to “Un hermoso caos llamado El Salvador

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