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De toreros y padres que se olvidaron de volver

16 marzo, 2019

Habrá sido por la educación católica en la que me criaron o tal vez por la buena madera de la que vengo que un día te ofrecí la otra mejilla. Me expuse ante vos, que sin un instante de duda me rechazaste por segunda vez. O por ochomilésima octingentésima vez, porque todos los días de tu vida estás tomando de una forma u otra la decisión de ignorar mi existencia. Ya sé lo que te estás preguntado, y la respuesta es: Sí, me tomé el trabajo de calcular cuántos días habían pasado desde que nací hasta la fecha aproximada en que te llamé, a fines de 2013, y luego también de googlear cómo decir el ordinal de ocho mil ochocientos, porque no lo sabía.

Pero, ¿Sabés qué? Te perdono.

Te perdono porque entiendo que muy probablemente es el miedo el que te movió a negarme tan categóricamente. Porque nadie en su sano juicio contestaría un “no” tan rotundo, sin siquiera un momento de vacilación. Sin una centrifugada mental de emergencia, a ver si el nombre proyectado al aire del otro lado del teléfono hace saltar alguna ficha.

Te perdono porque ese mismo miedo es el que me maneja a mí. El que hace que nunca me haya tomado un avión para pararme enfrente tuyo como un torero. Y es que creo que erróneamente tildamos a los toreros de suicidas, sin poder ver que en realidad son la personificación de la fe.

¿Qué otra cualidad más que la fe puede llevar a una persona a pararse estoicamente y mirar a la muerte a los ojos? O mejor aún, ¿Quién más que aquel lleno de confianza en sí mismo puede juntar el coraje para hacerle el Olé a la vida? Porque morir, morimos todos, pero vivir siendo valiente…esa te la encargo.

Y si mamá tiene razón en lo que me ha contado sobre vos, en esto deberíamos coincidir. Ella dice que lo soñadora e idealista lo saqué de vos. Igual sospecho que lo apasionada es más heredado del lado de ella.

Y ahora que estamos en ésta de toreros, se me vienen a la cabeza dos frases de Hemingway en “Fiesta”: ” No me hagas preguntas estúpidas, si no te gustan las respuestas. ” y “Todo el mundo obra mal…dada la oportunidad adecuada”.

Así que te perdono. Obraste mal porque pudiste, porque los hombres simplemente pueden abandonar a los hijos (si, si… las mujeres también, pero no me niegues que es logística y hormonalmente mucho más complicado). Porque la sociedad te lo permitió, porque tal vez nunca se te pasó por la cabeza que había otras formas de hacerlo.

Y vos perdoname a mí, por haberte llamado seis años atrás haciéndote una pregunta tan estúpida. Perdoname, no sé en qué cabeza cabía esperar que asumas paternidad telefónicamente a una desconocida que te hace revolver una montaña de basura mental tirándote un nombre al azar y pidiendote una respuesta. Puedo rozar lo campechana a veces de tan ingenua. Me hubiera venido bien heredar un poco la habilidad de la Tía Ofelia de vivir siempre con la doble.

Perdoname. Te tomé por sorpresa, te presioné, no te di otra opción más que negarme de nuevo. Te juro que lo entiendo. Me acostumbré tanto a lograr lo que necesito cueste lo que cueste que me cuesta reconocer los momentos en que no es necesario estar a la defensiva, los momentos en que puedo bajar los brazos. Treinta años en unos días y aún no aprendo a descansar.

En fin, ahora quería contarte por qué te llamaba ese día. Hacía poco me habían echado por primera vez de un trabajo (no te asustes, no hice nada malo…fue una reducción masiva de personal) y estaba en crisis; ¿Qué se yo? Tal vez se me ocurrió que si hablaba con vos mi situación iba a mejorar. Que ibas a decir algo como “¡Hola, hija adorada!” mientras miles de unicornios rosas iban a corretear por los prados a nuestro alrededor. Maldito Disney y el mundo ideal que nos vendió.

En realidad no puedo dar fe de mis razones, no las recuerdo bien así que hagamos de cuenta que te llamé ayer. Paso a enumerarte los motivos:

Quería contarte que nací nena, pero nunca lo sentí así del todo. De hecho durante la mayor parte de mi niñez y adolescencia deseé haber sido varón. Primero para poder jugar con autitos, luego para no tener que depilarme y más tarde para poder tener sexo casual sin ser juzgada.

Quería contarte que siempre me fue bien académicamente en la escuela, pero que de chica tuve ocasionales problemas de comportamiento y de sublevación. Nunca me llevé bien con la autoridad ni con la estupidez humana – figuras que en el caso de las instituciones que me educaron, muchas veces resultaron ser sinónimos-.

Quería decirte también que crecer fue muy doloroso y que muchas, muchísimas veces soñé e intenté no tener que hacerlo más. Por suerte no lo logré, tuve la fortuna de tener gente incondicional ayudándome. Sin dudas el más influyente fue mi abuelo -no estoy segura de si vos lo conociste-. Murió en 2017, pero no lo extraño tanto como creía; tal vez es porque lo siento muy cerquita mío siempre.

La primer gran excelente decisión que tomé fue la carrera universitaria. Un poco por la carrera en sí, otro poco por la ciudad y por la posición geográfica, que me hizo distanciarme de una vez y por todas del infierno grande que me crió.

De ahí en adelante fue todo un camino en subida. “Vos tenés que aprender a vivir bien” me dijo el hombre que acompañó a mi madre durante una veintena de años y yo me volví una empecinada en tomar la mayor cantidad de buenas decisiones posibles. Nótese que uso el término acompañar solamente como eufemismo de manejar la vida. Después entendí que no había forma de que se refiriera a eso, cuando él jamás fue capaz de tomar una decisión coherente, pero esta vez ser obtusa fue para bien.

De que me volví ducha en tomar buenas decisiones me di cuenta hace muy poco. Me lo hizo dar cuenta mi persona más cercana en realidad. Pero no nos adelantemos, que esa es otra historia.

La cuestión es que me recibí lo más rápido que pude y después trabajé de lo que estudié, como Dios y las escrituras mandan, durante varios años. ¡Si me hubieras visto papá! (espero que no te moleste que te llame así). Con el guardapolvo blanco, a cargo del laboratorio en una empresa líder del país. “¡Un espectáculo!” decía el abuelo…

De chica soñaba con que aparecieras para mi cumple de quince de sorpresa pero, ya trabajando ahí, muchas veces tuve la fantasía de que comieras uno de mis alfajores favoritos -acabo de acordarme cuánto extraño comer esos MiniTorta Coco- y sintieras una mezcla de orgullo y seguridad porque como los había controlado yo no ibas a correr ningún peligro microbiológico.

Pero otra vez no pude con mi genio ni con la dualidad autoridad-estupidez humana -que para ese entonces había entendido ya que es la norma en esta hermosa Argentina nuestra-. Decidí seguir mi instinto e irme antes de que la cosa se ponga fea. Tomé una mala decisión antes, para ponerle un poco de sal a la vida: decidí empezar una relación con alguien con quien me unía el espanto y no el amor. Esa relación me destruyó de casi todas las maneras posibles pero no sería justo no darle el crédito que se merece, debo asumir que sin semejante experiencia no existiría el momento excelente que estoy viviendo ahora.

La cosa es que hice la clásica del hippie con Osde clase media-baja argenta: vendí todo lo que tenía y me fui de viaje. Recorrí diez países en dos años, la mayoría de ellos haciendo trabajo voluntario y realmente me encontré con mi elemento. Descubrí el significado de la plenitud. Una plenitud que hasta duele, porque te hace preguntarte si ese instante en que todas las emociones positivas definibles convergen en un punto y que acaba de pasar habrá sido el pico de la vida. Por suerte no. ¡Qué digo por suerte! Por mi tenacidad es que sigo alcanzado ese pico una y otra vez. Porque, como el torero con su paño rojo, como los estoicos Toris bermellón de Japón, aprendí a parármele a esta vida bien de frente y a rodearme de la gente adecuada.

Y para qué hablar de la gente que me rodea…¡Si me vieras! No sabés la cantidad de gente de fierro que tengo en la vida. Dicen que somos el promedio de las cinco personas con las que pasamos más tiempo. Si ésto es así, ¡¡¡Teté!!!, debo ser alguien sin desperdicio porque mi top 5 se compone de gente digna de admiración. Atenti que acá voy a darle la razón a mi maestra de 6to grado que -una pionera ella- allá por el año 2000 me calificó de vanidosa, pero es que he logrado curar tan bien mi círculo de gente, mis actividades e incluso mi trabajo, que cada uno de esos elementos aporta valor a mi vida. Lo que es aún mejor, ninguno me resta.

Ahora estoy en Japón hace más de un año ya. Me siento muy a gusto en este lugar. Preferiría no trabajar tanto, claro, pero lo estoy haciendo por un bien superior; necesito ahorrar para poder seguir mi camino por cuenta propia después. Y hablando de caminos…mi camino se cruzó con el de un americano -que en realidad es chino- que es el “Caminante” de Machado, el Santo Grial de los caminos.

Leo a Murakami en “Un barco lento a China” relatando cómo conoció a su primer chino y me pregunto: ¿Cuáles eran las chances de terminar con un chino, no? Bueno, en realidad estadísticamente eran muchas si consideramos que sus nacionalidades de sangre y de nacimiento combinadas representan el 25% de la población mundial. Pero más allá de la frivolidad de las matemáticas y el racismo, te digo sin dudarlo que esta historia valió cada minuto de lucha y me hace sentir merecedora de cada gloria. ¿Sabés qué es lo mejor? El me enseñó a sentirme digna. Pero, fijate, es sólo en la combinación de los factores en dónde reside la magia:

ENSEÑAR + SENTIR + DIGNIDAD = AMOR

Te preguntarás entonces por qué ahora. Por qué la catarata de información y detalles.

Es porque por primera vez dejé de desear inconscientemente que aparezcas. Ahora por fin deseo que te vayas, que te me vayas de las ganas.

Sé que suena duro hasta para un desalmado como vos, sabrás disculparme. Pero es que éste es el momento. Ahora que tengo casi todo por lo que vine trabajando tan duro, ahora necesito dejar de tener miedo a que todo se me esfume, a que el amor y la gloria me abandonen.

Elijo conscientemente no vivir con este terror a que, sin comerla ni beberla, las personas me abandonen como lo hiciste vos. Porque enamorarse es fácil, el tema es creer en el amor. Y yo quiero creer. Yo contra todo pronóstico encontré razones para creer.

Mamá dice que ella cree que yo creo en Dios, aunque yo crea que no creo. Llamale Dios, universo, destino o magia. Llamale hache. El caso es que nadie es tan soberano como para vivir sin creer en algo o alguien, y yo no soy la excepción.

Y bueno, era sólo eso. Decirte que estés tranquilo, que no llamaba para pedirte nada, que muy probablemente nunca más lo haga. Que no quisiera perjudicar a vos o tu familia de ningún modo. Que todos pueden seguir jugando a la casita, al “acá no pasó nada”. Que yo estoy bien y que hay mucha tela para cortar para estar aún mejor.

Gracias por tu tiempo.

Tu hija-torera.