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Crónica de un día corriente en Japón

19 agosto, 2018

Vibra el celular. Las 7:30. No tengo el sueño liviano pero desde hace un par de años una vibración mínima es suficiente para despertarme a la mañana. Estiro la mano hasta el teléfono, desactivo el despertador y abro Instagram. Tengo que sacarme esta maldita costumbre de revisar redes sociales antes de siquiera haber despegado ambos ojos.

El sol se filtra a través de la cortina repartiéndose en agujitas ínfimas. Entra con una intensidad que roza la violencia y no deja lugar a dudas del calor que ya hace afuera. Giro en la cama un poco frustrada. Me acosté tarde anoche, quiero remolonear un rato. ¿Qué día es hoy? ¿Me dan los horarios para quedarme? No, es jueves, el día más intenso de mi semana. ¿Por qué no aprendo y dejo de hacer planes los miércoles a la noche de una vez por todas?

1,2,3, junto fuerzas. Me destapo.

Paso a lo mecánico. Armo la cama, me cepillo los dientes en el tercer piso, me ducho en el cuarto. Consulto en Google el pronóstico del día y elijo que ropa ponerme en base a la temperatura y a otro millón de parámetros, a saber: que no sea demasiado escotado, que me permita jugar en el piso con mis alumnos, que no se vean los tatuajes, que no me derrita bajo los 40°C  pronosticados para hoy, que me favorezca estéticamente. Amo vestirme pero, ¡Puta que me resulta estresante en éste país!

Bajo al primer piso a desayunar. En Japón no existe el concepto de “planta baja” sino que se le llama directamente primer piso; ya sé, es confuso al principio. Kenta es el único despierto a esta hora sentado en el living con su cepillo de dientes eléctrico. ¡Todos los días lo mismo! ¡Qué asco! ¡Lávese su cavidades en privado, señor! Intento ignorar lo que hace y lo saludo amablemente. ¡Ohayōgozaimasu!

Me enfrento al primer problema primermundista del día: decidir entre tostada de palta o panqueque de banana y avena. Cuando tengo los ingredientes para mis dos desayunos preferidos me cuesta horrores decidirme. Voy por la segunda opción, necesito la energía de la avena hoy.

Piso la banana con el tenedor. La desgraciada hace ese ruido inmundo, como a cucaracha aplastada bajo una ojota. FFFDYUI, FFFDYUI. No me gusta casi nada de la banana: ni el gusto, ni la textura, ni el ruido ni el olor pero la fruta es tan cara en este país que termino recurriendo a ella indefectiblemente. En invierno había manzanas accesibles, ahora es época de kiwi y pomelo pero la banana, muy zorra, siempre está ahí mirándome con su sensual buen precio desde las góndolas y me puede. ¿Le pasaría lo mismo a Lita de Lazzari? En fin…agrego la avena y la impregno con la viscosidad de la banana.

Dato de color: es más difícil de encontrar en este país avena que un japonés capaz de diferenciar la “R” de la “L”.

Mi mente se fuga y empieza el círculo vicioso de rumiar y sobreanalizar los recuerdos de la noche anterior. Pfffff ¡Qué noche Teté! Pongo el panqueque a cocinar mientras empiezo a filtrar el café.

Los cafés que mi presupuesto puede comprar dejan mucho que desear, extraño los de Centroamérica. Oh,no… tan temprano y ya entré en la zona de peligro. Café = Centroamérica = él. Primera vez en el día que lo pienso junto con una jarra de café recién hecho, pero se va rápido.

Se me hace tarde, ¿Hice toda la tarea de japonés que tenía para hoy? Creo que si.

Repaso el contenido de mi mochila: apuntes de japonés, material con la planificación de mis clases de inglés del día, papeles de Origami, protector solar, auriculares, billetera y anteojos. Pongo en el bolso térmico el sushi que compré al 30% de descuento para el almuerzo y el salteado que preparé la noche anterior para la cena. Preparo té helado en la jarra térmica.

Adoro esa jarra térmica. La compré en la tienda que revende las cosas que la gente olvida en el transporte público y me costó 1/10 del valor de una nueva. La desinfecté por días pero cuando superé el asco de usarla me simplificó la vida. ¡Qué bizarra es esa tienda! Recuerdo haber visto desde juguetes sexuales femeninos hasta trajes de surf. Me río sola. Ya sé, me río mucho sola durante el día. Pero es que, ¿Qué clase de persona se olvida algo así en el tren?

Las 9:45. Abro mi lista de reproducción de música en dónde quedó ayer. Me subo a la bicicleta y pedaleo los siguientes 13 minutos con el corazón en llamas de felicidad. Mariana Carrizo me canta al oído “Doña Ubenza”. No es mi estilo de música pero me llega mucho esta canción. La canto fuerte mientras voy paralela al río en dirección a Fushimi. Si me hubieran dicho un par de años atrás: “un día vas a ir en bicicleta por Japón cantando un huayno norteño” me hubiera reído muy fuerte.

Cruzo una construcción frente al Komeda’s que está cerca de casa. Pienso que tanto las calles como las construcciones son mudas en la tierra del sol naciente. Los autos de por sí ya son más silenciosos y además rara vez hacen sonar las bocinas; las construcciones están cercadas por paneles acústicos por lo que casi no se escuchan ruidos. Invariablemente afuera de cada obra en construcción hay, al menos, un señor señalando el tráfico. Agita su bandera blanca indicándome que es seguro pasar a la vez que me hace una reverencia. Yo también le dedico una inclinación de unos 15° sobre el manubrio de mi bicicleta y un murmurado <Arigatōgozaimasu>. En silencio analizo la diferencia abismal que significa pasar frente a una obra en Argentina.

Llego a la esquina de Wakamiya Odori, justo del otro lado del río está el guesthouse dónde viví los primeros dos meses. Lo miro de reojo. La lista ahora reproduce a un Dárgelos acústico intentando hacerme escuchar Vampi, me niego. Necesito algo más power. Next! Aparece la irreverente Bomba Estéreo diciendo:

<Yo te di to’ my love / Me fui corriendo y no volví más>

Ahora sí pedaleo con ganas mientras en mi cabeza bailan agarrados de la mano los recuerdos del que estoy dejando ir y del que está queriendo entrar. “¡Mirá que pragmática resultaste Agustina! Amaste, la remaste y dejaste ir; todo a su debido momento” Me felicito a mí misma.

Doblo a la derecha. Me dejo sorprender de lo verde que se puso esta avenida; se volvió tupida y húmeda de un día para el otro. Me transporta a Costa Rica y ahí está él sonriéndome de nuevo desde los recuerdos. Él no sonreía mucho en Costa Rica  (se justificaba diciendo que no le gustaba el lugar aunque resultó ser que la que no le gustaba era yo) pero cuando sonreía…¡Ay, mi Dios! Cuando sonreía todo a mi alrededor se movía lento y acompasado por unos instantes, como la bolsa de Belleza Americana.

Cruzo el Parque Shirakawa y se me va la vista por enésima vez al Museo de Ciencias y la gigante bola de acero que contiene al planetario, suspendida en el aire entre dos edificios cubiertos de jardines verticales. Surreal. Me apasiona esta ciudad, me hace cosquillas en la panza del amor. Agradezco a la vida por lo afortunada que soy.

Shirakawa_Park_Nagoya
Versión Invernal de Shirakawa Park

Doblo a la izquierda en la esquina del concesionario de Land Rover. Hay dos empleados de traje limpiando afuera; uno barre y el otro saca unas malezas del cantero. Una costumbre muy japonesa la de involucrar a todos en las tareas más cotidianas. Ni idea de cómo se llama esta calle y tampoco eso importa en absoluto ya que acá eso no se usa como referencia. Ahora escucho Hanabi, la única canción en japonés que me sé y que me gusta, para entrar en clima antes de la clase. ¡Ah, no! me acabo de dar cuenta que también me sé Shima uta gracias al “gordo” Casero.

Llego a Nadya Park, estaciono mi nave y subo al sexto piso. Son las 10:00 exactas. El filipino y la americana ya están ahí. Charlamos un rato antes de la clase de katakana. No son muy avispados pero me divierten. Después empieza la clase  principal con más hincapié en la conversación que en la escritura; es un poco lenta pero aprendo mucho y es muy barato así que no me puedo quejar.

Casi dos horas y varias distracciones después termina mi clase. Salgo primera, la profesora ya sabe que me tengo que ir a trabajar inmediatamente. ¡¡¡Mata raishuu!!! Pedaleo bajo el sol agobiante 5 cuadras hasta la esquina de Sakae en dónde sé que es seguro estacionar, frente a un local chiquito de Au Mobile. Camino casi una cuadra y entro por la boca n°7 del centro comercial subterráneo de Sakae. “Boca n°7”, me lo repito para memorizarlo. Nunca lo recuerdo cuando salgo y termino tardando más de diez minutos en encontrar mi bicicleta.

Cruzo a toda velocidad los doscientos metros que me separan del subte. Qué alivio que esté tan fresco acá abajo. ¡Uyyy, ese local de té es nuevo! El nombre está escrito en kanji, no lo sé leer. Se ve lindo pero caro, no hay chances. Leo los carteles electrónicos y corroboro que estoy a tiempo para el tren de las 11:51 de la Higashiyama Line en dirección a Fujigaoka. Respiro aliviada, voy a tener al menos 20 minutos para almorzar.

Llega el subte, me subo con el libro ya en mano. Sé que hasta que no pasemos la estación Shinsakae-machi no va a haber un asiento disponible pero no importa, mientras tenga a Haruki Murakami en la mano nada me puede faltar. Ahora me acompaña con “El Elefante Desaparece”, lo estoy leyendo en inglés porque ya me leí todos los que tenían en español en la biblioteca del Nagoya International Center. Otro <¡Gracias a la vida!> por ese lugar, que es la versión gratuita del paraíso para los expatriados que vivimos en Nagoya.

Levanto la vista en busca desesperada de un asiento y me cruzo con la mirada de un japonés engominado embutido dentro un traje ajustado. Parece jóven, lo cual lo pone en un rango de entre veinte y cuarenta años. Me resulta imposible deducir la edad de los asiáticos. De cualquier forma, es muy atractivo. ¿Soy yo o los japoneses están más lindos que cuando llegué? Seguramente soy yo, que al fin me estoy dando el permiso de mirarlos. También es gracias al verano que los tiene desarropados. Bah, tan “desarropado” como un japonés pueda estar, considerando que son tímidos y atérmicos. Hay menos carne a la vista en éste país que en heladera de vegetariano.

Se baja en Imaike y lo observo irse, con ese “irse” de los hombres japoneses que es mucho mejor que el de las mujeres. El diablo en mi cabeza le exclama ¡Sayōnara corazón, por uno como vos cierro Tinder! Me río por lo bajo de mi propia ocurrencia tan falta de feminidad pero, ¡Vamos! cualquiera que me conozca sabe que ese es humor muy de mi estilo.

Me detengo en ese pensamiento. Me doy cuenta de que cada día me siento más a gusto con mi estilo y con mi personalidad tan peculiar. Qué alegría me da pensar que cada uno de los infortunios de esta vida no hizo más que acentuar esto que soy y que estoy aprendiendo a abrazar.

El subte sale a tierra en la estación de Kamiyashiro así que dejo de leer porque prefiero disfrutar de la vista. Pasa Hongō y llega a Fujigaoka. La torturante voz mecánica de mujer anuncia en tres idiomas distintos que es el destino final del recorrido. <¡Shūten, Shūtendesu!>

Me apresuro a salir, bajar las escaleras hacia la salida norte y cruzar la calle. Entre el local de Mister Donut y el de Baskin Robbins hay varios bancos al cobijo de unos árboles poco frondosos. Me gusta sentarme ahí a comer mi sushi vegetariano de 150¥. Por algún motivo siempre hay gente muy mayor sentada alrededor.

Le contesto los mensajes a mi mamá. Ella, como si tuviera una alarma programada, me escribe todos los jueves a la hora de mi clase de japonés preguntándome qué hago. Le recuerdo que es jueves a la mañana, que todas las semanas hago lo mismo, y se disculpa. Le mando una selfie comiendo. Me cuenta alguna que otra novedad y me dice que estoy linda y que coma tranquila.

Vuelvo a cruzar la calle pero ahora hacia la izquierda, a la terminal del Linimo. Bajo las escaleras eternas de la inmaculada estación. Llego justo para el tren de las 12:43 en dirección a Yakusa. Me siento en el primer asiento del primer vagón. Ésta línea de trenes es de levitación magnética y unmanned, o sea que no tiene ruedas ni conductor. Me siento volar en la alfombra de Aladino. Una experiencia religiosa.

Linimo
Viajar en un tren sin conductor como el Linimo se siente surreal.

Éste último tramo desde Fujigaoka hasta Irigaike Koen me lleva sólo 5 minutos y me gusta hacerlo escuchando El Jaime. Suena el primer tema de su álbum, “Se Río”; me concentro en la letra y me ayuda a llegar en eje al trabajo:

<Vuela y suple la insanidad del tiempo / frena y viste de humanidad tu cuerpo / eleva y ríe / se río en busca de tu desierto para llenar de vida>

Camino los cinco minutos que me separan de las próximas nueve horas de trabajo. Respiro hondo. Giro el pestillo y empiezan las exclamaciones, las vocecitas agudas al límite de la tortura tan características de las áreas de Atención al Cliente en Japón. Son Mei y Satsuki saludando, una con su alegría incorruptible y la otra con una más teatral que poco me llega al alma. Intercambiamos los saludos habituales, me preguntan por mi cita de anoche, me cuentan sobre sus días.

13:00, llegan las primeras alumnas y arranco. Dos clases de adultos, treinta minutos de descanso. Cinco minutos de meditación antes del bloque de clases de niños, porque los jueves tengo un grupo de 8 varones súper intensos y necesito estar calma. Tres clases de niños, otro descanso de igual duración y otras tres clases de adultos. Una grulla en origami entre clase y clase para aliviar la tensión. Llego agotada a la última lección del día, pero la doy con ganas porque son tres alumnos de un nivel bastante avanzados con los que puedo ser muy desafiante porque son inteligentes y lo disfrutan. De los pocos que se animan a dar opiniones contundentes, cosa que no está bien vista en Japón, el país del Kūki o yomu por excelencia. Ésta expresión significa, literalmente, “leer el aire” y es una cualidad que los japoneses llevan a cabo con destreza pero que a los extranjeros nos cuesta horrores.

Aquí los “no” no se dicen directamente, pero los “si” tampoco. Menos aún se deben de expresar las cosas que no nos caen bien. Las invitaciones no se rechazan y se sonríe siempre. Al principio interpretaba este comportamiento como falsedad pero al adentrarme en la cultura comprendí que a ellos, como nación, esta actitud les significa vivir en armonía con el otro sin roces ni diferencias que obstaculicen el normal cauce de sus vidas. Y yo tan argentina, tan Aries y tan Ardisana, que llego al final del día extenuada de ser agradable tantas horas de corrido. Pero al fin al cabo funciona, acá se vive muy bien, así que no me puedo quejar.

Termino con el último grupo. Busco mi mochila, me pongo los zapatos (Nota al margen: qué placer impagable trabajar en pantuflas), intercambio un <¡Otsukaresamadeshita!> con mis compañeras y alumnos y salgo corriendo hacia la estación de Linimo. Si lo pierdo se me atrasa la llegada a casa más de media hora entre las tres combinaciones de transporte que tengo que hacer.

El tren está a dos minutos. Releo los mensajes que no tuve tiempo de responder durante la tarde y contesto a todos.  Acepto una invitación de mi peluquero para salir a sacar fotos el domingo a un festival en el que baila su esposa. Me río con un audio de Flor, me da nostalgia de sólo pensar cuánto me va a doler cuando se vaya. <¡Qué fuerte sos corazón mío, cuántas pérdidas has soportado éste año!> me digo. Vuelvo a pensar en él pero también pienso en mi abuelo. Le hablo un ratito al cielo, le cuento que estoy muy bien y que lo extraño, le pido que me siga cuidando.

Me saca de mi momento místico una japonesa con un outfit alucinante. Japón y estilo podrían tranquilamente considerarse sinónimos. Más que nada las mujeres -aunque los hombres no se quedan atrás- son tan estéticas y prolijas y se mueven tan etéreas que da envidia de la no sana. Sus maquillajes de calidad semi-profesional, su superposición infinita de tops que – por ser tan planas- nunca se les ve ridículo, sus cinturas ínfimas bien ceñidas por polleras o pantalones que se ensanchan eternos.  Lo único que les podría objetar son los calzados que usan; creo que en Argentina tenemos zapatos mucho más lindos. De cualquier manera son un festín visual para cualquier amante de la moda.

Ya en Fujigaoka corro del Linimo a la Higashiyama Line, tengo exactamente cuatro minutos para no perder el subte. Llego a tiempo. Me siento y, libro en mano, recorro los veintitrés minutos hasta Sakae. Emerjo del convoy a las 22:37 -los horarios del transporte son extremadamente exactos por estos lares y eso va muy bien con mi personalidad-. La estación está que arde de salaryman pasados de alcohol y jovencitas saliendo de sus trabajos en locales de moda y centros de estética de los que está plagado el activo centro de Nagoya.

Empiezo a caminar por la estación y me maldigo. ¡Otra vez olvidé la salida que debía tomar! La estación per se tiene diez bocas de salida, pero a su vez la galería comercial a la que está conectada debe tener, al menos, unas veinte más. Creo que era la salida 8, me la juego. WOMMMMMP. Chicharra, nop, me equivoqué otra vez. Salgo enfrente del Don Quijote, esquina emblemática de Sakae. Son casi las 23:00 pero el calor no afloja ni un poco, el centro está en hermosa efervescencia.

Don_Quijote_Sakae

 

Me tomo unos minutos para apreciar la postal, el retrato vivo que se sucede frente a mis ojos. Contemplo la cotidianidad de las vidas de este puñado de desconocidos pasando frente a mi. Los escucho, los observo, los disfruto. Inhalo la pasión que me mantiene viva, exhalo la gratitud de la que quiero plagar el mundo.

Lo que sigue es pura mundanidad. Subirme a la bicicleta y recorrer el trayecto inverso a mi share house. Saludar a mis compañeros de casa, charlar un rato. Tomarme un fernet con el uruguayo (si, leés bien, tengo fernet en Japón y un compañero de piso charrúa; me siento Gardel) y reirnos un rato. Subir a la habitación. Perder tiempo en la computadora hasta que me gane el cansancio. Corroborar que la alarma esté seteada en el horario correcto.

Cerrar los ojos y entregarme a la sensación cuasi-uterina de ir quedándome dormida mientras los últimos pensamientos se filtran desde mi inconsciente. Pensamientos que me dicen que hoy fue un día normal y corriente y fue hermoso. Pensamientos que me recuerdan que vivir plenamente es una elección que sólo requiere de voluntad. Pensamientos que me exhortan a reconocer que no se trata de si es Japón o Ramos Mejía, que la magia está en mí. Pensamientos que me garantizan clarividentes que mientras mantenga esta curiosidad y pasión por la vida estaré salvada.

 

NdeA: Todos los nombres en este post fueron cambiados para proteger la privacidad de los involucrados.

Actualización a Septiembre 2018: el Fernet se terminó. Si estás leyendo este post y sos un alma caritativa que está pronta a venir a Japón y dispuesta a traerme más, por favor ponete en contacto.

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Comentarios (7)

Muy lindo artículo. Me gusta tu estilo de escritura, está bueno que incluyas las cosas que están buenas y las que no lo están tanto. Se pueden sacar tantas cosas de un día tan cotidiano, cosas que capaz uno como turista no puede observar de la misma manera. No sé si yo podría exprimir tanto de un día cotidiano acá en Argentina, y por eso el último párrafo me dejó pensando…

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Hola Emanuel! Linda forma de empezar el día leer tu mensaje 🙂 gracias por tu comentario y, como digo en el post, a disfrutar de todo eso se aprende. Aún estás a tiempo!

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Agus! No nos conocemos pero me encantó leerte en este post, sentí que estaba ahí aunque nunca pisé Nagoya.
Un saludo de una fan de Japón desde Argentina, y pronto desde Japón

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Gracias Jenny! Espero que puedas conocer Nagoya en tu próximo viaje, es una joyita subestimada.

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Hola otra vez! Me gustó mucho este post, que lindas cosas que escribis.
Que ganas de ir a Nagoya!
Me dio un poquito de asco lo del tipo con el cepillo de dientes jajaja

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Que manera de escribir! Se disfruta mucho leerte con ese estilo tan puro que nos invita a conocerte mejor. Es super entretenido e interesante ir conociendo Japon desde tu punto de vista tan argento!

Saludos dede Argentina.

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Gracias Agustín! me hace muy feliz saber que mis textos son disfrutados 🙂

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